Vaya a saber por qué goza de tanta aceptación la creencia de que la actitud correcta ante la dirigencia política en general y el gobierno de turno en particular es la queja permanente, la decepción y, como una consecuencia natural de ambas, el enojo.
Cualquiera que preste atención a los mensajes airados que cada día ingresan a la radio o a los comentarios que completan las páginas de información política, advertirá que casi nunca hay complacencia con una medida oficial.
No importa que proceda de las distintas administraciones municipal, provincial o nacional y que, por ese motivo, su origen esté en partidos de distinto signo.
En última instancia el que destruyó a fuerza de adjetivos la última decisión del intendente puede llegar a cerrar la boca ante un proyecto del gobernador o de la presidenta, pero lo que se estila es que si se toma el trabajo de manifestarse lo haga al borde de la ira, plenamente convencido de que, en el mejor de los casos los funcionarios son inútiles e ignorantes, y en el peor, corruptos.
Es posible que el escepticismo sea la condición natural de los ciudadanos del siglo XXI -y seguro hay más de una razón que lo justifique- pero no está tan claro por qué los que protestan con tanta convicción se sienten al margen del problema y pese a que disfrutan de un régimen democrático, no logran establecer la menor conexión entre ellos y quienes los gobiernan.
Fruto de esa concepción son las agresiones que en los últimos tiempos han sufrido, entre otros, Amado Boudou y Axel Kicillof. El vicepresidente fue abucheado durante un acto en Santa Fe y el viceministro de Economía recibió una completa batería de improperios de sus circunstanciales compañeros, en el viaje que los traía a todos de regreso al país desde las playas de Punta del Este.
Unos y otros se declaran “exasperados”, una condición que parece la más natural frente al poder y que no se puede discutir a riesgo de ser tildado de oficialista idiota o a sueldo. Ni el más pretencioso de los que busca el calor y el anonimato que da la multitud para insultar a sus anchas supera el nivel de los hinchas que, atrincherados en su necesidad, la emprenden en medio del partido contra sus propios futbolistas al grito de “jugadores/ la c….. de su madre/”.
Los ataques tribuneros se escudan en la pasión por una divisa. Los ciudadanos enojados, en cambio, ni siquiera se preocupan por encontrar justificativos más o menos creíbles. No es que exista un gran amor por la patria ni deseos incontenibles de trabajar por la recuperación de un hipotético modelo republicano.
Lo que está de moda es la dichosa crispación que pone a gente adulta en idénticas condiciones que un nene de 3 años con berrinche o que un adolescente incrédulo, irascible y desganado.
Tanta iracundia no los vuelve más comprometidos ni los hace más espabilados sino todo lo contrario. Por ahora, sin embargo, corren con ventaja porque lo más granado de la inteligencia nacional se esmera a diario en encontrar justificativos para su conducta. Dicen que el discurso oficial los agravia y por eso necesitan descargarse o que la presunta adulteración de los mecanismos para medir la inflación ha herido su sensibilidad dejándolos en carne viva.
Sin tanto barniz sociológico, un ex oficialista devenido opositor por imperio de las circunstancias ha sido mucho más claro, honesto y contundente. Pablo Moyano, titular del gremio de Camioneros les pidió a sus ex compañeros de ruta Boudou y Kicillof “que se la banquen”.
Sin la hipocresía de los que pusieron cara de circunstancia, criticaron el ataque y a renglón seguido lo justificaron en toda su extensión, Moyano recordó que "a mí me pintaron todo el barrio, toda la casa de insultos, y no fui llorando a ningún canal”. Su padre, el titular de la CGT Hugo Moyano, se unió a la corriente opositora mayoritaria y consideró que fue el propio gobierno el promotor de las agresiones.
Contentos de que les den letra, los crispados siguen juntando herrumbre, dirigiendo su dedo acusador hacia cualquiera que exhiba algún símbolo de poder y listos para los linchamientos de temporada en los ferrys que los traen de vuelta del verano esteño. Una verdadera paquetería.